Querido y amado Dalí:
Desde el momento en que llegaste a mi vida, todo tomó un giro lleno de amor y ternura. Eres mi pequeño sol amarillo que ilumina mis días con tu elegancia y ternura, y no puedo evitar sonreír al verte caminar con esa educación innata que tienes. Tus ojos enormes de canica, tan profundos y brillantes que parecen contener todos los secretos del universo. Tu delicadeza y amor por la limpieza son algo que admiro profundamente: siempre acicalado, impecable, y con ese pelaje que huele a nube, aunque a veces tu hocico delate tu pasión por el pescado. Cada vez que te acercas para acurrucarte, me llenas el corazón de amor. Has logrado que mantener la casa limpia no sea solo una tarea, sino un acto de cariño hacia ti, porque sé que en el orden y la pulcritud encuentras tu paz.
Aunque a veces mantengas tu distancia, eso también es parte de lo que te hace único y especial. Has sabido enseñar con elegancia que no se debe permitir el maltrato y que el respeto es fundamental, una lección que agradezco más de lo que puedo expresar. Tu amor, aunque sutil, se siente en cada pequeño gesto: un ronroneo, un roce, una mirada que parece leerme el alma. Has llenado mi vida de calma y dulzura, y no dejo de agradecer por el privilegio de tenerte a mi lado. Eres más que mi compañero; eres mi familia. Gracias por cada momento que compartes conmigo, por tu aroma a cielo y por recordarme que los pequeños detalles son los que verdaderamente llenan el alma.
Con todo mi cariño, Yhos.






